Redemption blues

de Marnie Braddock

Tuve un mal presentimiento desde que la conocí. No era como las otras mujeres que había tenido Junior. Era demasiado lista y eso me inquietaba, ¿qué hacía una mujer lista con Junior? De hecho, fue la única que consiguió que él dejara la mala vida, al menos durante un tiempo. En esa época Junior llegó incluso a parecer un individuo bastante familiar, dejó la música, el juego, el alcohol y las anfetaminas. Pero ni una mujer como Nadine puede parar un alud.
Cuando encontraron muerto a Junior todos hubieran apostado a que no fue un suicidio. Junior tenía suficientes enemigos para llenar el Hollywood Bowl, y muchos de ellos no eran de los que se arman de paciencia. Sin embargo, ¿qué daño podía hacer la piltrafa en la que se había convertido Junior desde que Nadine lo echó de casa? Vivía en un cuartucho en el Dogtown, el lugar ideal para amontonar deudas de juego y centenares de bolsas de basura. Solo tras su muerte entré allí. Comprendí por qué nunca quiso que le acompañara en la última copa. Lo encontraron sentado en el mugriento sofá, cuando llevaba ya un par de semanas muerto, junto a su saxo y diez frascos vacíos de analgésicos. Una vecina entrometida avisó al portero, alertada, no por el mal olor, que era norma, sino por el silencio. Ninguna de sus peroratas de borracho, ni golpes de los acreedores aporreando la puerta… Junior simplemente había dejado de existir.
Su última noche fue un martes, un día como otro, salvo porque, por primera vez en varios años el blackjack le sonrió. Toda la ciudad sabía que Junior había ganado aquella noche una montaña de billetes recién salidos del horno del Grand Casino On Jefferson. Pero no se encontró ese dinero, ¿cómo podía nadie creer que se tratara de un suicidio? En mi cabeza no dejaba de resonar un nombre: Nadine.
Aceptó que nos viéramos con la condición de que la llevara a cenar al Colombo’s Steakhouse, “¿No vas a apiadarte de una pobre viuda?”, me dijo. Después de dos platos con demasiado ajo y medio centenar de evasivas de Nadine el local casi se había vaciado:
-Nos vamos a quedar solos-. Le hice notar.
-¿Es que te da miedo quedarte a solas conmigo?- Su sonrisa cínica me heló la sangre.
-Nadine, ya sabes lo que quiero saber. No me mortifiques más.
-¿Mortificarte?- exclamó lanzando una estridente carcajada de opereta-. No soy yo la que cree que está sentada con un asesino. ¿O no es así, tesoro?
-No veo que la muerte de Junior te haya suavizado el sentido del humor.
-Y eso significa que debo tener algo que ver con la muerte de mi marido. Querido: Junior se suicidó. Y solo puedo decirte que la mañana siguiente a su gran noche en el Jefferson recibí esta nota de Big Boy Scofield -. Nadine la lanzó sobre la mesa como un naipe:

Es una lástima que tu preciosa casa en Mullholland Drive no vaya a correr la misma suerte que las demás. El borracho de tu marido ha saldado sus deudas. Insistió en que te mandara los pagarés a ti. ¿Es que vais a volver a jugar a la familia feliz?

-Hasta que encontraron el cadáver estuve esperando que apareciera, ensayando el portazo con el que le iba a recibir. Pero Junior ya estaba muerto-. Se conmovió por un instante.
-Pero, ¿por qué lo hizo? Podía haber saldado vuestras deudas y empezar de nuevo.
-Cuando Helen nació Junior me prometió que llegaría un día en el que no tendríamos más deudas. Ese día llegó con la nota de Big Boy. Y ¿sabes, tesoro? no creo que quisiera tener que volver a prometerlo nunca más.

Coleccionado en Obras estelares

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