La misma discusión

de Marnie Braddock

Roberto ya tiene los ojos hinchados, ocho horas mirando monitores de cámaras de seguridad cansa mucho la vista. Solo queda media horita para salir. Y como siempre, no saldrá ni un minuto tarde. Le gusta que su compañero Manolo piense que tiene ganas de llegar a casa.
En el monitor 3 un hombre con una gabardina y una mujer parecen discutir. “Otra parejita feliz” piensa Roberto, cínicamente. El hombre está en mitad del pasillo que va al garaje con los brazos abiertos, las palmas de las manos hacia arriba, como si implorara piedad. La mujer, apoyada en la esquina de un escaparate, tiene los brazos cruzados y no levanta la vista del suelo. Roberto elucubra rápidamente su teoría: “Lo tienes claro, chaval. Si ni siquiera te grita, no tienes nada que rascar. Las tías son muy perras para eso, si no discuten es que ya está todo perdido.”
El hombre agita las manos, se acerca a la mujer y le dice algo que Roberto no puede oír desde el monitor mudo. Imagina que le pide que recuerde los buenos tiempos, que le hace un inventario de las cosas que les unían y que no debieran desaparecer. Hace tres meses que él mismo trata de hacer ese inventario, pero Marta ya no escucha, no quiere verle. Dice que no tienen nada que hablar.
La mujer, por fin, levanta la cabeza y, encogiéndose de hombros, le dice algo al de la gabardina. Él hombre intenta agarrarla por los brazos, pero ella lo impide. Una última frase y se aleja hacia el garaje. Las palabras de Marta resuenan en la cabeza de Roberto: “No podemos tener la misma discusión otra vez.”
El desdichado de la gabardina apoya la espalda sobre la pared y se cubre la cara. Seguramente está llorando.
Roberto se reclina pesadamente en el asiento: “Ya estás listo.”
Varios minutos más tarde el hombre se frota la cara, estira el cuello, se alisa la ropa y, lentamente, sube los peldaños hacia la calle.
Manolo entra en la garita con su desparpajo habitual:
– Quillo, ¿te vienes a tomar una cervecita?”
– No, que la parienta luego se pone muy pesada si tardo.- Miente Roberto.
– Es lo que hay, amigo.
– Ya se sabe. Todas las tías son iguales.

En la imagen, el envase de cacao holandés que le da nombre al efecto Droste, las secuencias de imágenes que se repiten recursivamente a ellas mismas.

Coleccionado en Obras estelares

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