Categoría: Obras estelares

Y qué pasa conmigo

de Marnie Braddock

Otra vez me merezco estar un buen rato de cara a la pared. ¿Por qué no? Quizás me dé un buen consejo. Tal vez la pared sepa cómo conseguir que las cosas le resulten indiferentes, pero yo no puedo. Siempre debo hacer lo correcto, aunque me perjudique, como esta vez. Estaba claro que aquel hombre enjuto necesitaba ese bocadillo aún más que yo.
Me quedaré otra vez con hambre esta noche, espero que hoy no venga tanta gente a sacar dinero al cajero y me dejen por fin dormir.

Nota: este relato fue escrito en cinco minutos, según las pautas dadas en un concurso de Relato Exprés, organizado por Hotel-post moderno. Las premisas eran: un título (“Y qué pasa conmigo”, extraído al azar de un libro que llevaba uno de los asistentes) y dos características del narrador, una física (delgadez) y una psicológica (nobleza).
El relato, que se presenta sin correcciones, ganó el Diploma al Relato más Profundo. :-O

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Història castrense

de Pere Calders

Si els hagués manat de saltar per la finestra, ho haurien fet gairebé amb alegria, perquè hi confiaven cegament.
Fins que un dia els ordenà que saltessin per la finestra, i aleshores desertaren tots, perquè un home que disposa coses així no és de fiar.

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Redemption blues

de Marnie Braddock

Tuve un mal presentimiento desde que la conocí. No era como las otras mujeres que había tenido Junior. Era demasiado lista y eso me inquietaba, ¿qué hacía una mujer lista con Junior? De hecho, fue la única que consiguió que él dejara la mala vida, al menos durante un tiempo. En esa época Junior llegó incluso a parecer un individuo bastante familiar, dejó la música, el juego, el alcohol y las anfetaminas. Pero ni una mujer como Nadine puede parar un alud.
Cuando encontraron muerto a Junior todos hubieran apostado a que no fue un suicidio. Junior tenía suficientes enemigos para llenar el Hollywood Bowl, y muchos de ellos no eran de los que se arman de paciencia. Sin embargo, ¿qué daño podía hacer la piltrafa en la que se había convertido Junior desde que Nadine lo echó de casa? Vivía en un cuartucho en el Dogtown, el lugar ideal para amontonar deudas de juego y centenares de bolsas de basura. Solo tras su muerte entré allí. Comprendí por qué nunca quiso que le acompañara en la última copa. Lo encontraron sentado en el mugriento sofá, cuando llevaba ya un par de semanas muerto, junto a su saxo y diez frascos vacíos de analgésicos. Una vecina entrometida avisó al portero, alertada, no por el mal olor, que era norma, sino por el silencio. Ninguna de sus peroratas de borracho, ni golpes de los acreedores aporreando la puerta… Junior simplemente había dejado de existir.
Su última noche fue un martes, un día como otro, salvo porque, por primera vez en varios años el blackjack le sonrió. Toda la ciudad sabía que Junior había ganado aquella noche una montaña de billetes recién salidos del horno del Grand Casino On Jefferson. Pero no se encontró ese dinero, ¿cómo podía nadie creer que se tratara de un suicidio? En mi cabeza no dejaba de resonar un nombre: Nadine.
Aceptó que nos viéramos con la condición de que la llevara a cenar al Colombo’s Steakhouse, “¿No vas a apiadarte de una pobre viuda?”, me dijo. Después de dos platos con demasiado ajo y medio centenar de evasivas de Nadine el local casi se había vaciado:
-Nos vamos a quedar solos-. Le hice notar.
-¿Es que te da miedo quedarte a solas conmigo?- Su sonrisa cínica me heló la sangre.
-Nadine, ya sabes lo que quiero saber. No me mortifiques más.
-¿Mortificarte?- exclamó lanzando una estridente carcajada de opereta-. No soy yo la que cree que está sentada con un asesino. ¿O no es así, tesoro?
-No veo que la muerte de Junior te haya suavizado el sentido del humor.
-Y eso significa que debo tener algo que ver con la muerte de mi marido. Querido: Junior se suicidó. Y solo puedo decirte que la mañana siguiente a su gran noche en el Jefferson recibí esta nota de Big Boy Scofield -. Nadine la lanzó sobre la mesa como un naipe:

Es una lástima que tu preciosa casa en Mullholland Drive no vaya a correr la misma suerte que las demás. El borracho de tu marido ha saldado sus deudas. Insistió en que te mandara los pagarés a ti. ¿Es que vais a volver a jugar a la familia feliz?

-Hasta que encontraron el cadáver estuve esperando que apareciera, ensayando el portazo con el que le iba a recibir. Pero Junior ya estaba muerto-. Se conmovió por un instante.
-Pero, ¿por qué lo hizo? Podía haber saldado vuestras deudas y empezar de nuevo.
-Cuando Helen nació Junior me prometió que llegaría un día en el que no tendríamos más deudas. Ese día llegó con la nota de Big Boy. Y ¿sabes, tesoro? no creo que quisiera tener que volver a prometerlo nunca más.

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La misma discusión

de Marnie Braddock

Roberto ya tiene los ojos hinchados, ocho horas mirando monitores de cámaras de seguridad cansa mucho la vista. Solo queda media horita para salir. Y como siempre, no saldrá ni un minuto tarde. Le gusta que su compañero Manolo piense que tiene ganas de llegar a casa.
En el monitor 3 un hombre con una gabardina y una mujer parecen discutir. “Otra parejita feliz” piensa Roberto, cínicamente. El hombre está en mitad del pasillo que va al garaje con los brazos abiertos, las palmas de las manos hacia arriba, como si implorara piedad. La mujer, apoyada en la esquina de un escaparate, tiene los brazos cruzados y no levanta la vista del suelo. Roberto elucubra rápidamente su teoría: “Lo tienes claro, chaval. Si ni siquiera te grita, no tienes nada que rascar. Las tías son muy perras para eso, si no discuten es que ya está todo perdido.”
El hombre agita las manos, se acerca a la mujer y le dice algo que Roberto no puede oír desde el monitor mudo. Imagina que le pide que recuerde los buenos tiempos, que le hace un inventario de las cosas que les unían y que no debieran desaparecer. Hace tres meses que él mismo trata de hacer ese inventario, pero Marta ya no escucha, no quiere verle. Dice que no tienen nada que hablar.
La mujer, por fin, levanta la cabeza y, encogiéndose de hombros, le dice algo al de la gabardina. Él hombre intenta agarrarla por los brazos, pero ella lo impide. Una última frase y se aleja hacia el garaje. Las palabras de Marta resuenan en la cabeza de Roberto: “No podemos tener la misma discusión otra vez.”
El desdichado de la gabardina apoya la espalda sobre la pared y se cubre la cara. Seguramente está llorando.
Roberto se reclina pesadamente en el asiento: “Ya estás listo.”
Varios minutos más tarde el hombre se frota la cara, estira el cuello, se alisa la ropa y, lentamente, sube los peldaños hacia la calle.
Manolo entra en la garita con su desparpajo habitual:
– Quillo, ¿te vienes a tomar una cervecita?”
– No, que la parienta luego se pone muy pesada si tardo.- Miente Roberto.
– Es lo que hay, amigo.
– Ya se sabe. Todas las tías son iguales.

En la imagen, el envase de cacao holandés que le da nombre al efecto Droste, las imágenes recursivas que se repiten sucesivamente a sí mismas.

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Clima revuelto

Versión punk-ska de Que llueva, que llueva  de Juan Sin Remedio y los Colorín Colorado

Que llueva, que llueva,
sálvese quién pueda.
Los intereses cambian,
las nubes se levantan,
que sí, que no, 
por fin la insurrección,
que se rompan los cristales
del Rey Borbón,
y los míos no,
porque son de cartón.

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Haikus del tiempo

de H.G. y Marnie Braddock

Juego contigo
a escribir algún haiku
que te haga reír.

Distintas horas
cuentan vidas, lugares
a los que volver.

Suele pasar que
no se pierde en vano,
tan sólo pasa…

Cualquier momento,
si no te tengo cerca,
no significa.

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Haikus a Collioure

de H.G. y Marnie Braddock

Montes huelen a vino
junto a él un mar verde,
viento atronador.

Las gaviotas planean,
las nubes inmóviles,
espuma blanca.

Luces blancas alumbran
torres de vidrio verde,
se ven en rojo.

Atardecer en Collioure,
mar hermoso y revuelto,
puerta que cruje.

Las sinfonías del mar,
el pueblo sobre roca,
bandera al viento.

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Ramito de mejorana

Copla popular cantada por Enrique Gran y Antonio López en El sol del membrillo de Víctor Erice

Cariño, cariño mío
Ramito de mejorana,
espuma que lleva el río,
lucero de la mañana.

Planté por Sevilla entera
banderas de desafío.
Y dice cada bandera:
cariño, cariño mío.

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Todas las piedras y una sola excusa

de Ferran Fernández

Suelo tropezar
una y otra vez
en la misma piedra

sólo tengo una excusa
la piedra cambia continuamente de lugar

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Haikus al Rif

de Daniel Lubinovich, J.S. Hattenschweiler, J.J. Baldachin y Marnie Braddock

Africanas colinas
Son de chicharras
Agua que mana

Atardecer lejano
Sobre el río que fluye
Montes dorados

Desgarradas montañas
Marrón y verde etéreos
Luna en el cielo

Luna sobre el asfalto
Carretera desierta
Queda la noche

Camino de Chefchaouen
Abrumador paisaje
Noche africana

Si con su pandereta
Ríe sin poder parar
Es Baila-baila

Baila-baila sin parar
En su mundo sin maldad
Por veinte dirhams

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Haikus a Normandía

de Daniel Lubinovich y Marnie Braddock

Todos estos poemas están dedicados a Normandía, lugar donde fueron pronunciados por primera vez

Sobre bosques y prados
Las blancas nubes
Y el cielo azul y claro

Y sobre el verde oscuro
El cielo abierto
Que envuelve el viento libre

Tierras de Normandía
Entre los verdes campos
Vuela un pájaro

Hay nubes de verano
Tierra verde y plana
Caballo blanco

Tras los altos árboles
Esperanza de un cielo
Que en azul se abre

Los campos rodeados
Por sus guardianes
Comparten verde y ocre

En su verde remanso
Se solaza en silencio
Un viejo pueblo

Por el verde horizonte
Orgullosa en su piedra
Hay una iglesia

Aire que me promete
Encontrarme a mí mismo
En lo lejano

Camino de piedra gris
Brilla en plata el tejado
Refleja el cielo

A través del camino
Tallos de verdes yerbas
El viento suave

Como blancos gigantes
En el cielo se ven
Molinos de viento

Tapiz de tierra y verde
Suave ondulación
Bajo el cielo dibuja

Campos de Normandía
Agradecido cielo
Vacas pastando

Carreteras extrañas
Sobre árboles casas
Una gran luna

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Así podía haber hablado Zaratrustra

de Joaquín Sabina

Después de haber padecido durante interminables años hambre y privaciones,
después de haber sido abandonado
por decenas de mujeres
que corrieron a los brazos del triunfador de turno,
después de haber soportado con paciencia de monje
paternales consejos,
amistosas palmadas,
suficientes sonrisas,
confidencias idiotas,
vagos aplausos corteses de los instalados
en mullidos sillones,
después de haberme visto arrastrado a oficiar de bufón en sus fiestas,
de ingenioso en sus bailes,
de profeta en su tierra,
después de haber sido repetidas veces
humillado por mediocres,
vejado por cretinos,
ignorado por insignificantes,
pisado por tramposos,
postergado por quienes, en el mejor de los casos,
os lo juro, valían
menos que yo,
después de, en fin, haber fracasado en todo con estrépito,
he decidido por decreto ley,
solemnemente,
proclamar sin pudor QUE SOY UN GENIO
Y QUE LA HUMANIDAD NO ME COMPRENDE.

En la imagen, Hombre que anda a trancos de Alberto Giacometti.

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Maldito canalla

de La Chula Sindientes, canción de su primer disco Sus vais a enterar

Lunes, primera hora:
Me planto con mis papeles,
lo mismito que ayer.
Miro de nuevo en el bolso
si he traído el carnet,
Y ahí está él: el empleado del mes
Y ahí está él: el empleado del mes
Y ahí está él: el empleado del mes

Ay, venga, maldito canalla,
me estás matando,
basta de jugar.
Te he dado todo lo que tengo,
maldito canalla,
me vas a matar.

Ya he hecho lo que me has pedido:
colas, instancias, leer y firmar…
sin recibir nada a cambio
más que otro sello en el historial.

Te busco, te encuentro, te odio,
con tu desdén
me haces sufrir.
Ay, venga, maldito canalla,
me estás matando,
dependo de ti.

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Un día a medida

de Marnie Braddock

Ella: Lleva horas subiendo y bajando en un ascensor incontrolable que pasa por pisos conocidos y luego sube hasta andamios desconocidos. Ya ha renunciado a su libreta colegial olvidada y desciende hasta un párquing con estanterías vacías ordenadas en pasillos iluminados con una luz hiriente, diáfana y artificial. Se dirige con comodidad mundana hacia una luz distinta, cálida. Por fin puede llegar al exterior, a la calle.
Justo entonces él…
– Despiértate ya, ya han acabado, ¡venga! Ya han puesto todo en su sitio. Están esperando a que lo veas y le des el visto bueno al día.

Él: No puede dormir desde las 6, la mira a su lado y piensa que despierta gana mucho. Dormida él no la reconoce, le cuesta recordar qué ha ido bien y qué no, desde que viven juntos. Piensa que no estuvo bien su asunto con la rubia de pelo alborotado, pero no consigue sentirse mal. Poco a poco sale el sol, ella aún duerme y él empieza a inventar cualquier cosa para retenerla a su lado y conservar la apuesta de los dos. Le vence la espera y…
– Despiértate ya, ya han acabado, ¡venga! Ya han puesto todo en su sitio. Están esperando a que lo veas y le des el visto bueno al día.

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Piedra, papel o tijera

de Marnie Braddock

Ya no sabe qué hacer.
Piedra
Por la mañana al desconchar el azucarero de vidrio con un golpe seco contra el mármol blanco descubre que su derecho es pedir a gritos tener razón.
Papel
Más tarde, al pasar bajo las líneas de luz de las persianas descolgadas siente que todo vale el nombre que lleva, y el tuyo le suena tan dulce.
Tijera
Al volver sobre sus pasos y notar el ardor de la arena incrustada entre las uñas que arañaron metal sabe que aún guarda las palabras que tú le prestaste para explicar que ya no te besa.
Y no te las va a devolver.

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